lunes, 30 de mayo de 2011

El colectivo fantasma

El más fastidioso de los muertos se llamaba Tomás Bondi. Frecuentemente el encargado del cementerio encontraba tierra removida junto a la tumba de Tomás y advertía que la lápida de mármol, donde decía "Tomás Bondi (1939-2004) Premio Volante de Oro al mejor colectivero", estaba corrida un metro o quizás dos. El finado Tomás Bondi extrañaba a su colectivo. A diferencia de los demás muertos, a quienes a lo sumo se les daba por aullar o salir a dar una vuelta convertidos en fantasmas, él necesitaba manejar un poco su colectivo.  Salía de la tumba, pasaba ante el encargado del cementerio, que no lo veía porque los fantasmas son invisibles, y caminaba treinta cuadras hasta la empresa de transporte donde en vida había trabajado. Se metía en el galpón donde quedaban estacionados los vehículos y cuando veía a su colectivo, el 121, casi lloraba de emoción. Al rato se ponía a pasarle una franela. Limpiaba los espejitos, lustraba los faros, les sacaba brillo a los vidrios. El problema era el sereno. En cuanto veía que un trapo limpiaba al colectivo, solo, sin ser sostenido por nadie, salía corriendo y abandonaba el puesto de trabajo. Después, Tomás Bondi ponía al 121 en marcha y salía a dar una vuelta. Se detenía en todas las paradas y la gente subía. Cuando notaban que era un colectivo que nadie manejaba, trataban de escapar despavoridos, pero Tomás ya había arrancado y cerraba las puertas. Recién se podían bajar en la parada siguiente. Por un tiempo la gente habló con terror de aquel colectivo sin conductor pero luego empezó a notar que no era peligroso. Además se detenía junto al cordón de la vereda como corresponde, esperaba a que subieran las viejitas y nunca pasaba un semáforo en rojo.
- Como si lo manejara el finado Tomás Bondi - comentó una vez un jubilado.
            La gente comenzó a dejar pasar a los colectivos conducidos por chóferes y se quedaba esperando el 121 porque en él, encima, no había que pagar boleto. Un día los dueños de la empresa de transporte decidieron abandonar el colectivo fantasma en un desarmadero donde se apilaban restos de camiones, autos y otras chatarras. La siguiente vez que Tomás Bondi salió de su tumba y fue a buscar a su colectivo, no lo encontró. Fue terrible para él y volvió llorando al cementerio. Se metió en el ataúd, cerró la tapa, corrió la lápida con la mente, acomodó la tierra y comenzó a emitir tristísimos aullidos que le ponían los pelos de punta al encargado del cementerio. Así pasó una semana. Para entonces los empleados del desarmadero terminaron de separar cada parte del 121 y finalmente un domingo el colectivo murió. Esa misma noche se convirtió en fantasma de colectivo, idéntico a como era en vida, pero invisible. Encendió su motor, acomodó los espejitos y arrancó. A las doce de la noche Tomás estaba aullando como hacía últimamente, cuando de pronto escuchó algo que le pareció un sueño: la bocina del 121. ¿Cómo podía ser? Pero era. Tomás salió de la tumba a toda carrera y en la entrada al cementerio encontró al 121 fantasma. Desde entonces Tomás sale todas las noches a dar una vuelta en el 121 y lleva a pasear a todos los muertos del cementerio. Como no alcanzan los asientos, muchos tienen que ir parados, otros van colgados del estribo y dos, que en vida trabajaron en un circo, van en el techo haciendo acrobacias. Ninguna persona viva puede ver ni oír al 121 aunque Tomás pone la radio a todo volumen, toca bocinazos en las esquinas y los muertos cantan canciones de hinchadas de fútbol. Las noches en la ciudad volvieron a ser silenciosas. El encargado del cementerio también pasa las noches tranquilo porque los muertos, cuando regresan del paseo, acomodan sus tumbas prolijamente y se van a dormir.

“Chicos las brujas no existen”

Había una vez un reino en el que los chicos vivían muy tristes y asustados porque siempre aparecían las brujas enanas. Estas eran unas brujas así de chiquititas, que usaban un gorro con pompón hasta las orejas y tenían una nariz de zanahoria tan larga, pero tan larga, que se la tenían que atar con un moño en la punta para no pisársela, y además les quedaba un solo diente horrible en la boca. Estas brujas, feas y malísimas jamás molestaban a las personas grandes: sólo les hacían brujerías a los chicos. Lo peor de todo era que cuando ellos lo contaban, nadie les creía. Las personas grandes siempre les contestaban lo mismo: “Niños, las bujas no existen”. Un día los chicos las vieron entrar a la escuela y escribir las paredes con tizas, témperas y marcadores. Entonces corrieron a avisarle a la Señorita Pepa, que era la directora.
-     ¡Señorita, señorita! ¡Las brujas están escribiendo las paredes de la escuela!
                Pero la Señorita Pepa como siempre les contestó:
-     Niños, las bujas no existen.
                Los chicos, entonces, trataron de borrar lo que las brujas habían escrito, antes de que nadie lo viera. Demasiado tarde. Ahí estaba la Señorita Pepa parada justito frente a la pared leyéndolo todo: “¡La Señorita Pepa es gorda!”, “¡La Señorita Pepa tiene orejas de burro!”. “¡La Señorita Pepa tiene cara de chancha!”…
-     ¡Qué me da un patatús! ¡Qué me da un patatús! ¡Qué me da un patatús! – gritaba la Señorita Pepa. Y le dio un patatús.
                Fue inútil que los chicos trataran de explicar que ellos no lo habían escrito, que habían sido las brujas, que ellos las habían visto. Nadie les creyó. Les hicieron limpiar todas las paredes de la escuela y tardaron tantos pero tantos días que no pudieron aprender nada y tuvieron que repetir el grado.
                Mucho peor fue cuando las brujas enanas los embrujaron y los dejaron sin poder hablar. Los chicos no podían decir ni una palabra y cada vez que querían hablar lo único que conseguían era sacar la lengua así: “¡Dbbbbbbbbbbbd!”. Esa mañana, los chicos llegaron a la escuela como todas las mañanas, y la Señorita Pepa los saludó, como todas las mañanas también:
-     ¡Buenos días, niños! – nadie le contestaba.
-     ¡Buenos días, niños! – nadie le contestaba.
-     ¡Buenos! ¡Días! ¡Niños! He dicho.
                Y entonces los niños le hicieron: “¡Dbbbbbbbbbbbd!”.
-     ¡Qué me da un patatús! ¡Qué me da un patatús! ¡Qué me da un patatús! – gritaba la Señorita Pepa. Y le dio un patatús.
                La Señorita Pepa los retó, los retó la mamá, los retó el papá, la tía y la abuelita. Todos decían lo mismo: ¡Esto no es posible! ¡Estos chicos son unos maleducados! ¡Qué barbaridad! ¡Dónde lo aprendieron! ¡Qué no se vuelva a repetir! Y bla, bla, bla, bla. Pero cuando ellos querían explicar que todo esto era cosa de las brujas, las personas grandes les contestaban siempre lo mismo: “Niños, las bujas no existen”.
                Los chicos cansados de tanto reto y tanta penitencia injusta, decidieron ir a pedirle ayuda al Rey.
-     Su excelentísima Majestad – le dijeron – estas brujas siempre se la agarran con nosotros. Es decir, con los chicos.
-     ¡Ajá! – dijo el Rey.
-     Y no puede ser, porque después nosotros pagamos el pato. Es decir nos retan.
-     ¡Ajá, ja! – dijo el Rey.
-     Y ya estamos cansados. Los grandes son unos vivos porque a ellos no les pasa nada. Es decir, nunca nada con las brujas.
-     ¡Ajá, ja, ja! – dijo el Rey.
-     Y queremos pedirle que ordene que las atrapen de una buena vez. Es decir, que atrapen a las brujas.
-     ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Imposible! – les contestó el Rey.
-     Y ¿Por qué? – preguntaron los chicos desilusionados.
-     Porque niño, las brujas no existen – dijo el Rey.
                Y los chicos se dieron cuenta que encontrar a un solo grande que les creyera era más difícil que atrapar a una bruja… que atrapar a una bruja… que atrapar a una bruja… ¡ATRAPAR A UNA BRUJA! Atrapar a todas las brujas. Ellos solos. Eso sí podían hacerlo. Al principio, algunos tuvieron miedo: “Que tengo que hacer los deberes”, “Que mi mamá no me deja atrapar brujas”, “Que nos van a retar”, “Que tengo que ir a visitar a mi abuela justo ese día”, y que sí y que no, y que al final el miedo se les había pasado y nadie quería dejar de ir.
                Esa noche, cuando los grandes estuvieron bien dormidos, salieron de sus casas en puntitas de pie y se fueron a la plaza. Cada uno traía una cacerola enorme y también un globo de gas atado a un piolín. Y todos, todos, hasta los bebés de un año se habían disfrazado de brujas enanas, con una nariz de zanahoria y un gorro de pompón hasta las orejas. Se escondieron entre los árboles para esperar a las brujas. Temblaban de miedo. Temblaban tanto que la nariz de zanahoria se les sacudía así: pingui, pingui, pingui.
                De repente las vieron llegar. Las brujas venían arrastrando su nariz de zanahoria y riéndose con sus bocotas de un solo diente. Mónica, una nena de tercer grado, fue la primera en animarse a salir. Se paró justo detrás de una bruja y tratando de que no se notara el pingui – pingui de su nariz muerta de miedo le dijo:
-     Vení…
-     ¡Que no quiero! – contestó la bruja.
-     Vení, que por allá están los chicos – insistió Mónica.
-     ¡Qué me importa!
-     Vení o te pincho la nariz…
-     Voy corriendo – dijo la bruja que era bastante miedosa.
                Mónica llevó a la bruja hasta el tobogán y cuando llegaron le dijo:
-     ¡Ahora subí!
-     No me gusta – protestó la bruja.
-     Subí o te pincho la cola.
                Y la bruja se subió al tobogán. Y Mónica se subió atrás de la bruja.
-     Ahora tirate – le dijo Mónica.
-     No, que me da miedo.
                Mónica no esperó más, le dio un buen empujón a la bruja que se fue resbalando por el tobogán mientras gritaba:
-     ¡Socorro, socorro! ¡Qué me mareo!
                Pero no gritó mucho, porque Enrique la estaba esperando abajo con su cacerola y la bruja cayó justito adentro. Rápidamente los chicos le ataron un globo de gas en la punta de la nariz de zanahoria, y la bruja empezó a subir. Y no paraba de gritar, la muy miedosa:
-     ¡Qué me vuelo! ¡Qué me bajen! ¡Socorro!
                Había dado resultado. Rápidamente atraparon a todas las demás. A una la hicieron subir al sube y baja. Cuando estaba sentada cómodamente, Jorge que era gordo y grandote, saltó del otro lado y la bruja salió volando por el aire. El gorro con pompón se le quedó enredado en la rama de un árbol. Ahí la agarraron los chicos. Le ataron el globo con piolín en la nariz, y otra bruja para arriba. A otro montón de bujas, las marearon en la calesita, y a un montón más, en las hamacas. El cielo se iba llenando de globos de colores y de brujas enanas.
                Cuando las personas grandes salieron de sus casas y vieron montones de brujas por el aire, no supieron qué hacer. Unos corrían, otros se escondían, los más se tropezaban, se caían y se chocaban. Estaban asustados. Muy asustados.
-     ¡Nos invaden las brujas extraterrestres! – decían los grandes.
-     ¡Las brujas extraterrestres nos atacan! ¡A casa chicos!
                Pero los chicos estaban muy tranquilos sentados en el cordón de la vereda, mirando subir a las brujas que cada vez parecían más enanas y menos horribles. Y a todos los grandes que venían a buscarlos le contestaban lo mismo:
-     ¡Qué tontería! ¡Grandes las brujas no existen!


domingo, 29 de mayo de 2011

Proyecto: Leyendas Argentinas.

Fundamentación: La importancia de la tradición lingüística de nuestros pueblos originarios y de sus leyendas y costumbres, radica en la pertenencia a las propias raíces que se puede generar en los alumnos. Tomar la leyenda como marco atractivo, de fantasía para explicar la realidad, para que el niño pueda contextualizar esos relatos en una época y lugar determinado, es necesario para fomentar el conocimiento y la integración de los saberes y costumbres originarios de nuestro país que se han visto olvidados por las distintas colonizaciones e inmigraciones. Creo que este tipo de proyecto en la escuela fomenta la capacidad creadora del niño, despierta su imaginación y su búsqueda de respuestas nuevas, y lo sitúa frente a un pasado que puede modificar su presente para inspirar su futuro.

Objetivos: Que el alumno logre:
© conocer las leyendas originarias de nuestro país
© relacionar esas leyendas con las características de las regiones geográficas
© comprender la estructura del género literario leyenda
© elaborar creativamente producciones de leyenda
© simular características de los pueblos originarios
© despertar su interés por la lectura
© respetar sus producciones y las de sus compañeros.

Contenidos:
© La leyenda: características y particularidades
© Leyendas argentinas
© Análisis de la leyenda
© Relación entre leyenda y realidad
© Producción escrita
© Respeto y valoración por las producciones propias y ajenas.

Actividad 1: Con el diccionario y con los libros de texto de la biblioteca escolar, los alumnos buscarán la definición de “leyenda” y sus características literarias. Establecerán semejanzas y diferencias con otros géneros literarios ya vistos (poemas, cuentos de hadas, cuentos fantásticos, etc.) Lo realizarán de forma individual, y luego de la puesta en común, elaborarán el siguiente cuadro:
© Género Literario
© Formato
© Tiempo/espacio. Personajes 
© Leyenda
© Poesía
© Cuentos de hadas

Actividad 2: A partir de la lectura de la leyenda de la yerba mate, se realizará, de forma individual, la siguiente actividad de comprensión lectora: Responder:
© ¿De qué trata la leyenda?
© ¿Qué es lo que intenta explicar?
© ¿Cómo es el lugar donde se desarrolla?
© ¿Cuáles son los personajes principales?
© Cuenta brevemente el argumento de la leyenda.
© ¿Te imaginabas que el mate era considerado así? ¿Por qué?
Luego, averiguarán las características de la yerba mate y su procedencia. Buscarán, de forma oral entre todos, la relación con lo que cuenta la leyenda.

Actividad 3: Se les presentará a los alumnos una leyenda. Buscarán en ella personaje, inicio, desarrollo y desenlace. Descubrirán entre todos qué es lo que intenta explicar esta leyenda.

Actividad 4: A partir de una leyenda se buscarán las palabras desconocidas en el diccionario. A continuación se investigará sobre el pueblo de origen de esta leyenda, su ubicación geográfica y su orden social. Luego se relacionará con el contenido de la leyenda (los personajes, las situaciones, las descripciones geográficas, etc.)

Actividad 5: Los alumnos elegirán tres objetos del aula. Sobre esos objetos, separados en grupos, deberán precisar la razón de su nombre, su función y de dónde proviene. Luego, en otra parte de la hoja, escribirán características físicas. Por último, precisarán un título para la posible leyenda que le de nombre a ese objeto. Luego se lo pasarán a otro grupo, que deberá inventar personajes, tiempo y lugar para el desarrollo de la leyenda, así como enunciar un breve conflicto. Por último, el grupo restante, retomará todos estos datos y escribirá un borrador de la leyenda. Los mismos serán leídos y comentados frente al docente y a la clase.

Actividad 6: Cada fila del aula será constituida un equipo. La docente les contará información sobre el pueblo de los tehuelches. Les leerá sólo el siguiente fragmento de la “Leyenda de la Ballena”: “Hace muchos años atrás, la ballena no vivía en el mar sino en la tierra, entre los tehuelches. Andaba de un lado a otro, pastando, y al ser tan gorda, no podía recostarse contra un arbusto sin triturarlo. Pero el problema mayor de Goos fue otro. Entre los tehuelches desaparecían las cosas, las plantas, los animales, la gente”. Luego, cada fila pasará una hoja, en la que el primer alumno escribirá un párrafo sobre cómo continúa la leyenda. Doblará la hoja dejando sólo al descubierto el último renglón del párrafo. Se lo pasará al compañero que le sigue, quien escribirá otro párrafo, y lo volverá a pasar. Así hasta completar la fila.  Luego las “leyendas” se leerán y se comentarán. Por último se leerá la versión completa de la leyenda, y se compararán las producciones del grado con la original.

Actividad 7: Sabiendo ya los elementos característicos de la leyenda, en forma individual, se podrá elegir una de las siguientes opciones, para escribir una leyenda que explicase su origen. Los alumnos, luego de redactarla lo compartirán con la clase. Opciones:
© El picaflor
© Un volcán en erupción
© El amanecer
© Las estrellas
© Los pies
© El dolor de panza

Actividad  8: Recogerán la información y las imágenes correspondientes a los pueblos originarios y las características geográficas que le tocó a cada grupo. Se realizarán láminas y presentaciones con las mismas.

Un elefante no ocupa mucho espacio

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento. Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
— ¿Te has vuelto loco, Víctor? — Le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
—Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
— ¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
—Tú has nacido bajo la lona del circo... —le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
   ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
   ¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...)
   Bah... Pamplinas... —se burló el león—. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
   Sí —aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete —y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos.¡Hasta el león! Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...). De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
  ¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.
  Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
  ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
    ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! —y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
       ¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES. Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
   Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
    ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!
    ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
— Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África. Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor...porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio.

Los tres cerditos - Video

Capericita Roja

Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja. Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
- Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
- Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
- ¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.
- ¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
- Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
- ¿Quién es?
- Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
- ¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
- Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
- Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
- Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
- Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
- Es para abrazarte mejor, hija mía.
- Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
- Es para correr mejor, hija mía.
- Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
- Es para oír mejor, hija mía.
- Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!
- Es para ver mejor, hija mía.
- Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
- ¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

MORALEJA
Aquí vemos que la adolescencia, en especial las señoritas, bien hechas, amables y bonitas no deben a cualquiera oír con complacencia, y no resulta causa de extrañeza ver que muchas del lobo son la presa. Y digo el lobo, pues bajo su envoltura no todos son de igual calaña: Los hay con no poca maña, silenciosos, sin odio ni amargura, que en secreto, pacientes, con dulzura van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; más, bien sabemos que los zalameros entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.

Manuelita

El Reino del Revés

miércoles, 25 de mayo de 2011

El flautista de Hamelin

                Había una vez. Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco. Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas! Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas, y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos. ¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable! ...Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa, fueron a congregarse frente al Ayuntamiento. ¡Qué exaltados estaban todos! No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
-¡Abajo el alcalde! - gritaban unos.
-¡Ese hombre es un pelele! - decían otros.
-¡Que los del Ayuntamiento nos den una solución! - exigían los de más allá.
                Con las mujeres la cosa era peor.
- Pero, ¿qué se creen? - vociferaban -. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios! Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo. ¿Qué hacer? Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga. Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
                Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.
-¡Dios nos ampare! - gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído? Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
-¡Pase adelante el que llama! - vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror. Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.
                Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos. Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo. El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
- Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico. En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras. El flautista continuó hablando así:
- Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien, si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?
-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.
                Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento. De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama. Arrancó tres vivísimas notas de la flauta. Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso. ¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos. Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo. Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia. Una vez allí contó lo que había sucedido.
- Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado! Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin. ¡Había que ver a las gentes de Hamelin! Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios. El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:
-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas! Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin. El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
- Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.
                ¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines! El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras mandoneaba. ¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?
-¿Mil florines...?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?
- Por haber ahogado las ratas - respondió el flautista.
-¿Que tú has ahogado las ratas? - exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta. El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? - dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.
                Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta. El flautista advirtió muy serio:
-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.
                Tales palabras enfurecieron al alcalde.
-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Qué voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
                El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo. Así que siguió vociferando:
- ¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
-¡Se arrepentirán!
-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!
                El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza. Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía. Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento. Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas. El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también. Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños. No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista. Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río. ¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas! Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa. Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.
-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! - se dijeron las personas mayores -. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.
                Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta. Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba. Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas. A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido. Y lo hallaron triste y cariacontecido. Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.
-¿Y qué les prometía? - preguntó su padre, curioso.
- Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.
- Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
- No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.
                ¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia! El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños. Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido! Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio. Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.